EDITORIAL: Mercadeando
Desde tiempos remotos, desde que el ser humano comprendió que sus necesidades podían ser satisfechas mediante productos que poseían otros, surgió el intercambio de mercancías; a esto lo llamamos mercado.
Esta reflexión viene a colación por los tiempos que vivimos: los bloques llamados BRICS, los polos de desarrollo, las potencias económicas, los mercados, los futuros, etcétera. Sin embargo, todo se reduce a una expresión simple: intercambio de mercancías. Ya lo decían Aristóteles y Sócrates cuando se referían a aquello que hemos descrito; entonces, ¿dónde estriba la diferencia entre los mercados de 300 años antes de Cristo y los de más de 2000 años después? Ninguna. Te doy algo a cambio de lo que necesito y tú me lo entregas. Punto y se acabó.
¡Ah!, pero si seguimos el pensamiento de Heródoto, la cosa cambia, pues él afirmaba que los mercados hacen peores a los hombres.
En cierto modo, todos estos filósofos tenían razón. Según los primeros, los mercados tenían -y siguen teniendo- reglas aplicables a todo comercio: se fija un precio en función del tiempo, el peso, el volumen y la calidad o materia de equiparación, sin importar el lugar. No obstante, las reglas éticas cambian, porque hay vendedores que hurtan al comprador y compradores que roban al vendedor. En la antigüedad, quienes robaban eran llevados a la horca o al patíbulo.
Imaginemos ahora a nuestros gobernantes, especialmente a aquellos que de la noche a la mañana pasan de ser pobres a extremadamente ricos. ¿Cómo lo hacen? ¿Será que son excelentes comerciantes? ¿O mienten en las compras, o venden lo que no es suyo? ¿Qué les ocurriría en un mercado turco? ¿O qué les pasaría en China si fueran corruptos? Correrían la misma suerte que corrían -y aún corren- los chinos deshonestos: la muerte.
Y a propósito de China, ¿por qué esta nación se ha convertido en la gran dominadora de los mercados? Veamos su historia de manera muy resumida. En 1981, aproximadamente el 80% de su población vivía en pobreza extrema; para 2021, las estadísticas se invirtieron y cerca del 95% de esa población salió de la pobreza y pasó a clase media. ¿Cómo lo lograron? La respuesta está en sus programas político-ideológicos.
El Partido Comunista Chino generó nuevos modelos de producción y propiedad. Un ejemplo es la empresa BYD, fabricante de autos eléctricos en Beijing -según comentarios del Dr. Enrique Dussel, economista de la UNAM-, cuya producción en una sola ciudad supera la producción total de automóviles de todo México. Allí, los medios de producción son de propiedad colectiva de los habitantes de la ciudad; en contraste, en nuestro país pertenecen a pequeños grupos o individuos que concentran la plusvalía de la mercancía.
Ha sido la corrupción endémica de políticos y la ambición monopólica de los empresarios la que tiene empantanado el desarrollo de México.
Moises Zepeda Gómez./ Para Horizontes

No hay comentarios:
Publicar un comentario