martes, 31 de marzo de 2026

 EDITORIAL: De que los hay, los hay

Para iniciar esta reflexión, imaginemos un escenario: usted se encuentra frente a una persona con la que está negociando un acuerdo o una compraventa. Todo parece marchar conforme a lo previsto, hasta que, en medio del trámite, le informan que los esbirros de su contraparte ya están dañando los mojones y las divisiones de su propiedad, sin su consentimiento. La negociación, en ese instante, queda desmentida por los hechos.

Algo semejante ocurre en el ámbito internacional. Mientras representantes de Irán se encontraban negociando acuerdos para evitar una guerra, Estados Unidos e Israel llevaron a cabo bombardeos sobre territorio iraní. Se ha señalado incluso el ataque a una escuela, donde habrían muerto 150 niñas. Este tipo de acciones marca el inicio de confrontaciones que, posteriormente, llenan las columnas de los diarios y los contenidos de analistas y creadores digitales.

Para comprender una conducta de esta naturaleza, es pertinente acudir a pensadores como Arthur Schopenhauer, quien reflexionó sobre el trasfondo del individuo prepotente. A él se le atribuye la idea de que:

"La necedad es invencible: contra ella, ni los dioses luchan; todo esfuerzo es en vano."

A partir de esta perspectiva, pueden identificarse algunos rasgos característicos de estos individuos:

" Se trata de un tipo inseguro o incapaz de reconocer los valores reales.

" Que carece de méritos auténticos.

" Tiene una babeante necesidad insatisfecha de imponerse, se derivada de su falta de fortaleza interior.

" Su necedad implica, en muchos casos, una limitación intelectual.

" Rechaza argumentos debido a sus propias carencias.

" Se niega a aceptar la razón, incluso cuando esta se le demuestra con claridad.

Sin embargo, para que este tipo de personalidad alcance cierto poder, suele requerir la adhesión de otros individuos con características similares. Por ello, tiende a rodearse y agrupar a personas que comparten esa misma cerrazón, consolidando así dinámicas colectivas donde la irracionalidad se refuerza mutuamente.


 

                   


 A ninguno se le ocurre pensar


Otra frase muy ad hoc de este filósofo es: "La sociedad premia al idiota confiado y castiga al genio que duda". Esto puede explicarse de la siguiente manera:

Los vemos pulular por todas partes. Los escuchamos hablar con ligereza sobre asuntos sin sustancia; están en los espacios de trabajo e incluso ocupan posiciones de liderazgo en grandes empresas o en la representación política (cualquier semejanza con figuras como Ricardo Salinas Pliego, Elon Musk, Donald Trump, Volodymyr Zelenskyy, Javier Milei, María Corina Machado, Alejandro Moreno Cárdenas o Marko Cortés Mendoza es mera coincidencia). Sin embargo, son personas que deciden sobre la vida y el destino de millones, con una seguridad que, lejos de tranquilizar, asombra.

Más de una vez nos hemos preguntado: ¿por qué esta persona ocupa ese puesto si resulta una verdadera calamidad? ¿Por qué la naturaleza permite que continúe en esa posición? ¿Por qué los que dudan, cuestionan y reflexionan parecen ser tan pocos? Aquellos que actúan movidos por otros intereses nos superan de manera abrumadora.

No se trata, quizá, de accidentes naturales ni de errores genéticos. Estas conductas cumplen una función: resultan útiles para sostener determinados sistemas. Por ello, la sociedad no solo las tolera, sino que las reproduce. Lo inquietante es que ese mismo sistema las recompensa con dinero y poder, convirtiéndolas en un patrón recurrente en distintas sociedades.

Una de las características más visibles de estas personas es la ausencia de pensamiento crítico: no elaboran, sino que replican. Siguen a la mayoría, repiten lo que ven en los medios, lo que escuchan en las noticias o lo que afirman las autoridades. No cuestionan ni indagan; simplemente asumen. En este contexto, muchos actores políticos alcanzan el poder no por su sabiduría, sino mediante prácticas como el engaño, la manipulación o la compra de voluntades.

Sócrates descubrió al cuestionar a mucha gente que, nadie piensa sólo repite lo que todo mundo dice.

Igual sucede con Trump, se rodea de gente con la característica de estúpido, y quien piensa un poco es inmediatamente despedido como le sucedió últimamente a Joe Kent, porque se le ocurrió expresar lo que pensaba respecto a Irán; creía que no es un país terrorista y no representa un peligro para los Estados Unidos..

Moises Zepeda Gomez/ Para Horizontes


No hay comentarios:

Publicar un comentario