EDITORIAL: Alianzas con un truhan
Nos ocuparemos de este personaje.
Alejandro "Alito" Moreno ha buscado proyectarse internacionalmente como víctima de persecución política y ha recurrido a instancias y actores extranjeros para denunciar lo que considera violaciones a sus derechos.
La estrategia resulta políticamente interesante: cuando alguien pierde capacidad para resolver sus conflictos dentro de su propio país, puede intentar internacionalizarlos y buscar fuera la fuerza que ya no encuentra dentro. Quiere ser otra "perrita de Trump" de ahí la metáfora: buscando protección y reconocimiento político en Estados Unidos. Sin embargo, una cosa es tocar la puerta y otra muy distinta que le permitan entrar.
Aliarse con un truhan es entregarle las llaves del reino y confiar en que no se le ocurrirá cambiar las cerraduras.
La historia está llena de experiencias; es cuestión de darles una repasadita para descubrir que muchos errores políticos no son nuevos: simplemente cambian los nombres de sus protagonistas.
En El príncipe, el ya multicitado Nicolás Maquiavelo advierte, particularmente en los capítulos XII y XIII, sobre el peligro de confiar la propia seguridad a fuerzas mercenarias o auxiliares. La idea puede trasladarse, con las debidas reservas, al terreno de las alianzas políticas: cuando entregas parte de tu fuerza a alguien cuyos intereses no coinciden con los tuyos, puedes terminar dependiendo de él.
Dicho de otra manera: hay aliados que cuestan y dañan más que los enemigos.
Éste podría ser motivo suficiente para comprender la resistencia del PAN a una nueva alianza con el PRI. Darle a Alejandro "Alito" Moreno una posición decisiva implicaría compartir espacios de poder, financiamiento, información, estructuras, padrones y capacidad de negociación; además, podría disminuir la autonomía de decisión de los azules. Parece que lo entendieron algo tarde, pero, aunque poco, algo aprendieron.
Movimiento Ciudadano debería observar con atención esa experiencia. Si se descuida y cede al coqueteo político de Alito, podría pagar muy caro la alianza. Cuando un partido permite que un personaje particularmente hábil para negociar espacios de poder penetre en su estructura, corre al menos dos riesgos: que termine condicionando sus decisiones o que la alianza deteriore su identidad y, con ello, su propia supervivencia política.
Morena tampoco está libre
Morena enfrenta un problema semejante, aunque de distinta naturaleza. Durante su crecimiento permitió la incorporación de numerosos personajes procedentes de otros partidos y grupos políticos. Unos llegaron ofreciendo estructuras; otros, recursos; algunos prometieron multitudes de votos y otros simplemente vendieron muy bien sus virtudes mediante abundantes "tacos de lengua".
A varios se les entregaron presidencias municipales, diputaciones locales y federales, senadurías e incluso gubernaturas.
El problema de abrir indiscriminadamente las puertas no consiste solamente en quién entra, sino en la dependencia que después puede generarse respecto de esos personajes y sus estructuras. Un partido que originalmente pretende transformar las prácticas políticas puede terminar reproduciendo aquello que decía combatir si tolera oportunistas, aduladores, corruptos o personajes que cambian de camiseta según sople el viento.
Y parece que la lección todavía no se aprende del todo, porque muchos de esos personajes continúan ocupando cargos o apareciendo en las listas electorales.
Vender espejitos a los gobiernos
La capacidad humana para engañar al poderoso tampoco es una novedad.
Existen personas extraordinariamente avezadas para convencer incluso a funcionarios y gobiernos de comprar verdaderas baratijas presentadas como maravillas tecnológicas.
México conoció un caso memorable con los llamados detectores moleculares utilizados durante aquellos años para supuestamente localizar drogas, armas, explosivos y otras sustancias. Aparatos de apariencia simple -algunos con una antena móvil- fueron adquiridos y utilizados por diversas dependencias públicas antes de que su eficacia fuera severamente comprobada como inútil.
El episodio resulta ilustrativo: no siempre se necesita ser más poderoso que el Estado para engañarlo; a veces basta con descubrir qué quiere escuchar quien toma las decisiones.
Y eso también ocurre en la política.
Hay personajes que han aprendido a vivir, crecer y enriquecerse políticamente alrededor de los partidos porque por ellos circulan enormes cantidades de recursos públicos. Donde fluye la leche y la miel del dinero del pueblo, inevitablemente aparecen quienes buscan meter el cucharón.
Su trayectoria política del porro mayor en Campeche también ha estado acompañada de controversias y acusaciones que sus adversarios han utilizado reiteradamente para cuestionar su conducta y su patrimonio. Algunas de ellas se remontan a conflictos universitarios y enfrentamientos políticos de años anteriores.
Y aquí aparece nuevamente el problema del personaje: los años pueden modificar el traje, el cargo y el discurso, pero no necesariamente las costumbres.
Hay maderas que, por más barniz que reciban, nunca dejan de mostrar la veta.
Actualmente, Moreno se presenta como víctima de persecución política y denuncia violaciones a sus derechos. Sus adversarios, en cambio, señalan investigaciones, controversias patrimoniales y acusaciones surgidas en Campeche. Cuando se habla de propiedades, vehículos, terrenos, relojes, inversiones o cantidades millonarias, conviene separar la crítica política de aquello que pueda demostrarse documentalmente.
Pero la pregunta pública sí es legítima:
¿Puede un político explicar de manera transparente la correspondencia entre sus ingresos conocidos y el patrimonio que posee?
La pregunta debería aplicarse a Alito, pero también a cualesquiera dirigentes del PAN, Morena, Movimiento Ciudadano, PRI o cualquier otro partido.
Porque si pasamos el escáner patrimonial y ético a la clase política mexicana, probablemente encontraremos que pocos pueden presentarse ante los ciudadanos como la imagen inmaculada del servidor público completamente desapegado del dinero y del poder.
No hace falta creerme.
Vea usted a los políticos de su entorno.
Pregúntese cómo llegaron, qué tenían cuando llegaron, qué poseen ahora, quienes viven de ellos, quiénes los financian y cuántos años llevan brincando de un cargo público a otro.
Entonces regresemos a Maquiavelo.
El problema de una alianza no consiste únicamente en saber cuántos votos aporta el aliado, sino en preguntarse:
¿Qué ocurrirá cuando ese aliado tenga las llaves de mi casa?
Porque hacer un acuerdo con una persona honorable puede ser una alianza.
Hacerlo con un truhan puede terminar siendo una complicidad.
Y cuando uno descubre la diferencia, quizá ya sea demasiado tarde.
Moises Zepéda Gómez./ Para Horizontes

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