miércoles, 9 de septiembre de 2026

 EDITORIAL: La magia del fetichismo

En el Evangelio de Mateo, según la Biblia Reina-Valera, se relata el siguiente pasaje:

"Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? [...] Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22:17-21).

Este pasaje permite plantear una reflexión que trasciende su contexto religioso y alcanza dimensiones políticas, económicas y filosóficas. Algo semejante había ocurrido, simbólicamente, con el pueblo de Israel cuando sustituyó su fidelidad a Dios por la adoración del becerro de oro: una creación material adquirió un valor superior al que le correspondía.

Desde esta perspectiva, la respuesta de Jesús acerca de la moneda puede interpretarse también como una advertencia sobre la confusión entre el símbolo y aquello que verdaderamente posee valor. La moneda lleva la imagen del César y representa una determinada autoridad política; sin embargo, no por ello constituye el valor supremo de la existencia humana.

 


Es aquí donde aparece la posibilidad del fetichismo: el ser humano crea objetos, símbolos e instituciones y posteriormente les atribuye un poder que parece independiente de él mismo. El dinero, que originalmente constituye un instrumento de intercambio, puede terminar convertido en símbolo de dominio, prestigio, seguridad y poder. Entonces dejamos de utilizarlo como medio y comenzamos a someternos a él como si fuera un fin.

La sabiduría debería permitirnos distinguir entre ambas cosas. Cuando el dinero, el cargo o el poder adquieren mayor importancia que la vida, la libertad, la justicia o la dignidad de las personas, el instrumento ha ocupado el lugar del fin.

Muchos de los conceptos que adquirimos y utilizamos cotidianamente sufren una transformación semejante. De manera inconsciente -y en ocasiones consciente- les atribuimos un significado distinto de su origen o un poder que originalmente no poseían.

Pensemos, por ejemplo, en la palabra "rey". Su significado y las funciones atribuidas al monarca se han transformado históricamente. El rey llegó a representar no solamente a quien gobierna, sino también a quien establece reglas, ejerce autoridad y determina cómo deben conducirse los asuntos de una comunidad.

Sin embargo, si revisamos la historia y las tradiciones antiguas, encontramos también otra concepción de la autoridad: gobernar significaba asumir responsabilidades frente al pueblo. El gobernante debía proteger a su comunidad y, ante una amenaza, podía encabezar personalmente a sus fuerzas, exponiendo incluso su propia vida.

Un ejemplo paradigmático dentro de la tradición bíblica es Salomón. Cuando Dios le ofrece aquello que desee, no solicita riqueza, larga vida ni la muerte de sus enemigos; pide entendimiento para gobernar y capacidad para distinguir entre el bien y el mal (1 Reyes 3:5-14). La tradición lo convirtió, precisamente por ello, en símbolo del gobernante sabio: aquel que comprende que el poder tiene sentido cuando está subordinado a la justicia.

A partir de estos antecedentes podemos formular una pregunta incómoda:

¿Conoce usted a algún político en el estado o municipio que conciba verdaderamente el poder como servicio antes que como oportunidad de enriquecimiento?

Comencemos por el ámbito municipal.

Los trabajadores de los servicios públicos: dentro de su nivel de responsabilidad y capacidad, ¿cumplen realmente las funciones para las cuales fueron contratados? ¿Entienden que su salario proviene de recursos públicos y que, por tanto, su función está orientada al servicio de la comunidad?

Los regidores: ¿asisten regularmente a las sesiones de cabildo? ¿Fiscalizan las acciones del gobierno conforme a las normas y los proyectos aprobados? ¿En cuántas comisiones participa cada uno? ¿Qué iniciativas de mejora presentan? ¿Qué reglamentos proponen crear, corregir o actualizar? ¿Mantienen una agenda efectiva para escuchar y atender a los ciudadanos?

El síndico: por la naturaleza de su responsabilidad, debe participar activamente en los asuntos del cabildo, vigilar la legalidad de los actos municipales y contribuir a la defensa del patrimonio público. De aquí surgen preguntas inevitables: ¿cómo puede explicarse el enriquecimiento desproporcionado de algunos funcionarios durante el ejercicio del poder? ¿Cómo se justifica la enajenación de áreas o propiedades que forman parte del patrimonio municipal? ¿Quién vigila realmente a quienes administran los bienes de todos?

El presidente municipal: su función fundamental es gobernar para la comunidad, atender sus necesidades, representar al municipio y procurar una administración eficiente tanto de los servicios como de los recursos económicos. Entonces debemos preguntar: ¿por qué existen obras necesarias que nunca se realizan? ¿Por qué algunas de las que se ejecutan terminan costando considerablemente más de lo presupuestado? Y, si los funcionarios reciben un salario establecido, ¿cómo se explica, cuando ocurre, un incremento patrimonial difícilmente explicable y compatible con sus ingresos legítimos?

Podríamos continuar examinando cada uno de los cargos públicos, pero no alcanzarían el tiempo ni el papel para revisar todas las responsabilidades y desviaciones posibles.

Lo importante es comprender el fenómeno que existe detrás de ellas.

Cuando una persona busca un cargo público no para servir sino para enriquecerse, dominar, adquirir privilegios o colocarse por encima de los demás, el poder deja de ser un instrumento de servicio y se convierte en fetiche. El cargo adquiere entonces una especie de valor mágico: parece transformar a quien lo posee, concederle importancia, privilegios, riqueza e incluso impunidad.

El antiguo becerro de oro adquiere así una forma contemporánea.

Ya no necesariamente se construye una figura para adorarla; ahora puede adorarse el dinero, el cargo, la riqueza, el prestigio o el poder. El mecanismo, sin embargo, permanece: el hombre termina sometiéndose a aquello que él mismo creó.

En este punto, la reflexión coincide parcialmente con lo que Karl Marx denominó fetichismo de la mercancía: las relaciones creadas por los seres humanos adquieren la apariencia de poseer una existencia y un poder propios. El objeto termina ocultando las relaciones humanas que lo hicieron posible.

En política puede producirse una inversión semejante. El dinero fue creado para servir al hombre; el gobierno, para organizar la convivencia; las instituciones, para proteger derechos; y el poder público, para procurar el bien común. Pero cuando el hombre termina sirviendo al dinero, obedeciendo ciegamente al poder o sacrificando la dignidad humana para conservar un cargo, el medio se ha convertido en fin y el servidor pretende convertirse en amo.

Ésa es quizá la verdadera magia del fetichismo: hacer creer al ser humano que aquello que él mismo creó posee más valor que él mismo.

Y cuando una sociedad acepta esa ilusión, puede terminar entregando libertad, justicia y dignidad a cambio de los símbolos que originalmente había creado para servirlas.

Sayulence: lo invito a reflexionar.


Moises Zepeda Gomez / Para Horizontes 


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