EDITORIAL: El culpable siempre es el otro
Cuando contemplamos el desarrollo de la humanidad y observamos cómo cada persona avanza hacia el fin que ha elegido para su existencia, advertimos que, en cada etapa, se fortalece aquello hacia lo cual dirige sus deseos y esfuerzos. Como señala el Evangelio: "Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:21).
En el escenario internacional están ocurriendo acontecimientos que, en cierta medida, eran previsibles. Estados Unidos, Europa y algunos países de América han señalado a China -particularmente por el crecimiento de su industria de automóviles eléctricos- y a Rusia -por la guerra contra Ucrania- como factores responsables de diversos problemas económicos y geopolíticos.
Aquí resulta pertinente Hannah Arendt. En Los orígenes del totalitarismo, al analizar el funcionamiento de los regímenes totalitarios, desarrolla la noción del "enemigo objetivo": un enemigo cuya condición no depende necesariamente de lo que haya hecho individualmente, sino del lugar que el sistema político le atribuye. Esta categoría permite plantear una pregunta que rebasa el totalitarismo: ¿hasta qué punto la política necesita construir un "otro" al cual atribuir sus fracasos para evitar examinar sus propias decisiones?
El caso de la industria automotriz alemana permite formular esta cuestión con particular claridad. Volkswagen ha emprendido uno de los procesos de reestructuración más importantes de su historia, con reducción de costos, capacidad productiva y puestos de trabajo. Tales decisiones suelen ser recibidas favorablemente por los mercados financieros cuando prometen elevar la rentabilidad de la empresa. Surge entonces una contradicción digna de análisis: lo que puede incrementar el valor financiero de una compañía no necesariamente incrementa el bienestar de quienes viven de su actividad productiva.
¡Vaya paradoja para el orgullo industrial alemán! La nación que convirtió la ingeniería, la manufactura y el trabajo especializado en símbolos de su prosperidad enfrenta ahora las consecuencias de un modelo en el que la rentabilidad financiera adquiere progresivamente mayor importancia frente a la producción y al empleo.
Resultaría demasiado sencillo responsabilizar únicamente a los orientales. Las decisiones sobre cómo administrar una nación y sus empresas no fueron tomadas en Pekín. Para aproximarnos al problema conviene examinar algunas decisiones adoptadas por los propios alemanes durante los últimos quince años. Entonces podremos preguntarnos con mayor fundamento dónde se encuentran las causas del deterioro de su competitividad industrial.
Podemos concentrarnos en tres aspectos.
Primero: Volkswagen ha impulsado un amplio programa de reestructuración orientado hacia 2030, cuyo propósito es reducir costos, aumentar la eficiencia y adaptar la compañía a las nuevas condiciones del mercado automotriz con un despido de 100 mil trabajadores.
Segundo: en buena parte las grandes corporaciones contemporáneas parecen haber desplazado su centro de gravedad: del producto y la capacidad industrial hacia indicadores financieros como rentabilidad, valor de las acciones, reducción de costos y utilidades para los inversionistas. Los algoritmos, la inteligencia artificial y las hojas de cálculo toman las decisiones. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia las personas deciden sometidas a modelos cuantitativos que pueden reducir una compleja realidad humana a indicadores de rentabilidad.
Tercero: en abril de 2023 Alemania desconectó sus últimas centrales nucleares. Paralelamente, la invasión rusa de Ucrania y la crisis energética europea alteraron profundamente el modelo mediante el cual la industria alemana había tenido acceso durante años a abundantes suministros energéticos, incluido el gas ruso. El aumento de los costos energéticos se convirtió así en uno de los factores que presionaron la competitividad de sectores industriales intensivos en energía.
La contradicción resulta especialmente visible en la transición hacia el automóvil eléctrico: para competir con la industria china, los fabricantes europeos necesitan acelerar ese tipo de energía, pero esa necesidad exige una estructura energética, tecnológica e industrial capaz de sostenerla continua, suficiente y competitivamente.
El sociólogo alemán Wolfgang Streeck ha estudiado las tensiones entre capitalismo y sociedad democrática, particularmente la progresiva separación entre las exigencias de acumulación del capital y las necesidades sociales. Su pensamiento ayuda a plantear una cuestión inquietante: ¿qué sucede cuando el capital intenta independizarse de la sociedad que hizo posible su acumulación?
Automatización, subcontratación, deslocalización y producción mediante terceros parecen aproximarnos al viejo sueño de una producción que necesita cada vez menos trabajadores: fábricas automatizadas, silenciosas y casi vacías.
Pero aquí aparece una paradoja fundamental: una economía puede reducir la cantidad de trabajo humano necesaria para producir una mercancía, pero no puede eliminar al ser humano de la vida económica, porque alguien deberá producir, intercambiar, consumir y atribuir valor a aquello que se produce. De nada sirve poseer una montaña de oro si ninguna actividad humana la convierte en un bien socialmente significativo.
Estados Unidos y otras economías industrializadas invierten enormes recursos en desarrollar nuevas tecnologías. El problema no es la tecnología en sí misma, sino preguntarnos para quién aumenta la productividad y cómo se distribuyen sus beneficios. Si la automatización incrementa la producción mientras disminuye masivamente el ingreso de quienes deberían consumirla, surge una contradicción económica y social que no puede resolverse simplemente aumentando el valor de las acciones.
Desde una lectura marxiana, además, habría que precisar el argumento: la maquinaria puede elevar extraordinariamente la productividad, pero Marx sitúa en el trabajo vivo la creación de nuevo valor y de plusvalor. Por ello, sustituir trabajadores por tecnología no significa simplemente que el capital obtendrá automáticamente más plusvalor; modifica la relación entre capital constante y capital variable y abre precisamente una de las contradicciones que Marx estudia en su crítica de la economía política.
Frente a las dificultades para mantener las tasas de rentabilidad, las economías capitalistas han recurrido históricamente a distintas estrategias: deslocalización de la producción (offshoring), búsqueda de mano de obra más barata, expansión hacia nuevos mercados, financiarización, automatización y crecimiento de determinados sectores vinculados a las guerras.
Por ello, antes de afirmar que "el culpable es el otro", habría que volver la mirada hacia las propias decisiones.
China puede ser un competidor formidable; Ucrania y Rusia pueden ser responsables de una guerra de enormes consecuencias; las transformaciones tecnológicas pueden modificar mercados enteros. Pero nada de ello elimina la responsabilidad de cada representante de una nación sobre sus propias decisiones económicas, energéticas e industriales.
Quizá allí radique una de las formas más antiguas de evasión política: convertir al otro en explicación suficiente de nuestros males para evitar preguntarnos qué parte de esos males procede de nuestras propias decisiones.
El enemigo exterior puede explicar una parte de la crisis; convertirlo en explicación de todo puede convertirse en la mejor excusa para no asumir la responsabilidad propia.
Moises Zepeda Gomez/ Para Horizontes

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