martes, 1 de mayo de 2018

Especial para Horizontes...
Leyendas y Mitos de Sayula
Reportaje de Investigación de  Rodrigo Sánchez Sosa, Cronista de Sayula 

Continuando con las leyendas locales revisamos algunas de ellas cuya base es una persona real que representó por su conducta o vida trágica un arquetipo de la identidad local. Las leyendas abordan la redención, la fe, la justicia, la esperanza, los sueños y las fantasías de un pueblo que, en estos relatos se reproducen oralmente de generación en generación. Algunas leyendas, con el tiempo y nuevos contextos históricos se pierden, son olvidados, otros mutan y se adaptan a las nuevas circunstancias; algunas, las más raras, sobreviven contra todo pronóstico dando saltos cuánticos entre generaciones, irrumpiendo inverosímilmente en circunstancias históricas con las que contrastan, como es el caso de aquellas leyendas de la colonia que sobreviven en pleno siglo XXI en medio de las redes sociales, Internet, la inteligencia artificial, la biotecnología y la globalización.
Nuestra primera leyenda es de este tipo, aunque el sujeto de la misma o más bien el objeto, ha desparecido. La fe que dio origen a esta leyenda, sigue tan viva hoy como cuando en 1632 se manifestó el fenómeno. Los limites del conocimiento humano son tan frustrantes hoy como en aquellos días que asolaban las pestes. Los ex votos en las iglesias hablan de ello en pleno siglo XXI, cuando la medicina se ha declarado incompetente para ayudar a algunas personas y la fe las ha rescatado de sus males que la ciencia consideraba incurables:

La leyenda de la cruz milagrosa.
En el actual sitio del  templo de San Francisco de Paul, en la equina de Silverio Núñez y 16 de septiembre, se encontraba, en el siglo XVII, un cruce de caminos. Como en todo cruce de caminos de la colonia en México, era costumbre colocar una capillita con una cruz para exorcizar al demonio que se decía solía aparecerse en estos cruces. Allí fue colocada una cruz de madera para tal fin. Cuenta la leyenda que para 1632 y hasta 1636 Sayula fue azotada por una gran peste y por si fuera poco, luego de un eclipse y manifestaciones celestes atípicas, se soltó el rumor de que el mundo llegaría a su fin muy pronto. En este contexto apocalíptico en Sayula, se dice que la cruz citada se movió milagrosamente, desde ese lugar al atrio parroquial y luego a la salida a Zapotlán, haciendo que los enfermos del rumbo mejorarán. La peste cedió y el mundo no se terminó. Lo cual mejoró el ánimo de los habitantes del municipio, aumentando su fe y devoción en esta cruz. El hecho milagroso, de acuerdo a documentos de la época, fue constatado por autoridades civiles y eclesiales. La capillita la sustituyó una capilla más grande que fue conocida como La Capilla de la Santa Cruz Milagrosa de Sayula, que era visitada seguramente por fieles y sus enfermos de Sayula y la región. No fue sino hasta 1865 que la capilla cambió su advocación por la actual, San Francisco de Paul, 237 años después. La cruz fue removida del lugar, luego de un temblor de tierra que arruinó la capilla, y fue puesta en altar mayor de la parroquia, de donde desapareció sin que se sepa su paradero. Las crónicas la ubican en el altar de la parroquia todavía en 1743. Obviamente no hay testimonio de testigos de primera mano de esta leyenda, pero hoy, en el atrio de la parroquia frente a la cruz atrial de 1578, que no es la cruz de la que estamos hablando, si no una rescatada en 1921 de las ruinas del viejo hospital de indios; se encuentran dos placas de cantera que citan esta leyenda pero que, al parecer, el relato confunde ambas cruces. Se conoce de esta leyenda por las crónicas del siglo XVII y los archivos parroquiales, de los cuales los más viejos son de 1651. Los testimonios orales al respecto, fueron despareciendo con el tiempo hasta ser hoy prácticamente desconocida esta leyenda en Sayula.

 La Leyenda del Ánima de José Inés Pérez
"Aconteció que, en 1848, por los caminos cercanos a Sayula, robaba un individuo llamado José Inés Pérez. Famoso ya por los muchos robos y asesinatos que había cometido. Habiéndolo tomado prisionero la autoridad local, confesó todos sus delitos con marcada muestra de arrepentimiento. Con todo y ello, fue condenado a la pena capital. Se le leyó la sentencia que escuchó con edificante resignación, agregando que estaba enteramente de acuerdo con ella, porque quería así pagar de algún modo los muchos crímenes que había cometido y de los cuales se arrepentía de corazón. El jefe policiaco al ver su arrepentimiento trató de salvarle la vida y tanto él como los principales vecinos trataron de influir en el ánimo del Gobernador para que le concediera el indulto, sabiendo lo cual, el reo, suplicó a sus defensores que ninguna gestión hicieran a su favor ante el gobierno porque quería sufrir la pena a la que había sido condenado para expiar sus culpas. El mismo día fue encapillado, se confesó y recibió todos los auxilios espirituales con marcada muestra de contrición, y después de haber pasado toda la noche en oración acompañado de un sacerdote, al amanecer del siguiente día fue conducido hasta la hoy plazuela de San Sebastián, lugar donde sería pasado por las armas. Al salir de la cárcel suplicó que se le permitiera ir de rodillas al patíbulo, y así caminó con las manos atadas hacia atrás sobre las muchas frazadas que le tendían las personas que iban a presenciar la ejecución. Habiendo llegado al paredón y habiéndose formado el cuadro de fusilamiento, dijo a las personas que lo acompañaban: "Mucha falta está haciendo el agua en Sayula, si me va bien, lo primero que le voy a pedir a Dios es que les mande un riego para que las labores no se pierdan". Sonó la descarga y José Inés Pérez dejó de existir.  Eran las siete de la mañana y el cielo estaba completamente despejado, pero aún estaba tirado el cadáver en el suelo cuando se vio venir del rumbo de Amatitlán una pequeña nubecilla que a cada instante se ensanchaba más, hasta que cubrió por completo el cielo de Sayula y media hora después del fusilamiento, caía una fuerte tormenta que empapó los sedientos campos vigorizando las torcidas milpas…" (A. López Arciniega)
La leyenda del ladrón arrepentido sobrevivió por casi 100 años. Una pequeña ermita con un pequeño retablo, con la que se supone era la imagen del rostro de José Inés, se edificó aproximadamente en el lugar que hoy ocupa una carnicería frente a Soriana por la calle Ávila Camacho oriente. La capilla de San Sebastián, entonces estaba donde hoy se encuentra la estación de Bomberos. Las personas de Sayula tomaron al ánima de José Inés como protector de los viajeros, y aquellos que emprendían un viaje a Zapotlán o Colima desde Sayula, llegaban a encomendarse a él, dejando velas o dinero como ofrenda. La capilla de San Sebastián se deterioró, igual la ermita de José Inés y fueron demolidas, comenzado su reconstrucción en 1935 en el lugar que hoy ocupa el templo del santo mártir. Por alguna razón desconocida, la capilla al bandido arrepentido no se construyó como se planeó al principio y su leyenda se fue olvidando poco a poco  en Sayula. 

Los matones de Usmajac.
Testimonios orales que sobreviven hasta hoy en el municipio, dan cuenta de condiciones de violencia que asolaban la delegación de Usmajac a mediados del siglo pasado, finales de 1950 y principios de 1960. Se dice pues que, casi a diario se sabía de muertes por riñas en las calles de la delegación. Aquellos pendencieros vecinos de Usmajac, que eran conocidos como "los malditos" , dieron fama a su comunidad en la región. Su arma preferida era el cuchillo, daga o verduguillo. En las parrandas de fin de semana, al calor de las copas, salían a relucir los pleitos con estas armas blancas que enlutaban a familias completas. La autoridad encargó al ejercito la vigilancia del municipio ante estos hechos y las patrullas de la policía militar recorría las calles tratando de inhibir los taques mortales y la creciente ola de asesinatos en ese tiempo. Esto lo relata un vecino que vivió esos tiempos siendo adolescente en esa delegación municipal. Nos relata en dos testimonios de primera mano lo siguiente.
"Mi tía tenía dos pretendientes, uno de ellos conocido como de los matones del pueblo. Esa noche uno de los pretendientes estaba de visita en casa de mi abuela, visitando a su pretendida, mi tía. Yo tendría como 10 años. Ya en la noche, ocho o nueve, el otro pretendiente a caballo llegó hasta la puerta de la casa de mi abuela, gritando que lo dejaran hablar con su rival de amores, los dos eran jóvenes, andarían en sus veinte años. El tipo iba borracho. El otro salió, aunque le decían que no lo hiciera, y enfrentó al del caballo que venia tomando "¿Tú eres fulano?" Le dijo el individuo, "si yo soy" le contestó el otro "Pues quiero que brindes conmigo" dijo y le extendió una botella de ponche de granada que venía tomando. Este tomando la botella le dio un trago, mientras, el otro, sacando un cuchillo de entre sus ropas lo apuñaló sin miramientos. El muchacho aquél no murió, aun tuvo alientos para buscar un arma y responder a la agresión, pero sus heridos no lo permitieron. No murió del ataque, pero las secuelas las superó muchos años después. Así era entonces el nivel de violencia y barbarie."

La Leyenda de Bernardo Bernabé "Nardo".
"Bernardo o "Nardo" vecino de Usmajac a principios de los años sesenta, era ya un conocido asesino, que había entrado y salido de la prisión por el delito de homicidio en varias ocasiones. Era un tipo temido. Nadie sabia cuantas muertes debía, pero se decía que no eran pocas. Para aquellos años era ya un hombre maduro a finales de sus cuarenta. Nadie sabe porque se hizo de problemas con un jovencito, un adolescente de 15 o 17 años, vecino también de Usmajac de apellido Vázquez, que se dedicaba a tomar fotos en eventos sociales. En una ocasión en una de las fiestas del pueblo y mientras el muchacho hacia su trabajo, se topó con el temible "Nardo" Bernabé. Se hicieron de palabras y aquél hombre, acostumbrado a sus modos sanguinarios, sacó un cuchillo y apuñaló en el vientre al pobre aprendiz de fotógrafo. Cuentan que una vez que la hoja del cuchillo de "Nardo" estuvo dentro del vientre del muchacho, el asesino removió su arma dentro de él para lograr el mayor daño posible y matarlo. Tambaleándose el pobre chico logró alejarse un poco de su asesino, y de entre sus ropas, ante la sorpresa de todos y más del matón aquél, sacó una pequeña pistola que disparó contra su agresor con tanta suerte que le asestó una herida mortal. Allí quedaron los dos muertos. Aquél fue el fin de uno de los asesinos más temidos de aquella delegación que nunca pensó ver su fin en manos de una de sus víctimas a la que subestimó seguramente por ser apenas un chiquillo". (Investigación histórica para le H Ayuntamiento de Sayula 2015-2018)




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